Aquella mujer también es delgada. No por el hambre de cuatro meses, sino por las dietas y ejercicios de toda su vida. De toda su vida anterior a esta nueva vida, si acaso se le puede llamar vida a esto que es correr y esconderse. Hambre y desesperación. También es hermosa; de ojos medianos y grises, de nariz respingada y labios delgados; el cabello castaño y lacio le escurre hasta media espalda. También es de piel blanca, aunque la ha alimentado de sol, dándole un tono ligeramente bronceado.
Aquella mujer también se llama Fernanda, aunque es mayor que la otra, la adolescente; le dobla la edad. No hay parentesco entre ellas, sólo una amistad de tres meses, tiempo en que han compartido no hambre, sino poca comida; no escondite, sino esperanza; no llanto, sino palabras de consuelo; no tropiezos o caídas, sino brazos, aparentemente frágiles, para apoyarse. Ahora las une un abrazo suave, y un beso que Fernanda, la mayor, da en la frente de Fernanda, la inquebrantable:
--En un mundo alterno, los hombres cuidan a las mujeres.
--En todos los mundos –reprocha la menor-, en este no porque no hay hombres.
Tampoco hay comida.
Caminan. La oscuridad acecha sin poder envolverlos, hay una gran luna en lo alto que comparte la luz que le fue compartida. Igual el silencio no logra acomodarse entre estas diez personas, que lo espantan con un sollozo o una maldición.
Caminan. Tienen un rumbo y un destino., aunque parece que no llevan esperanza. Se nota en su andar lento, casi torpe como el errante que enfrentó la más joven; se nota en las miradas perdidas y en las manos que nada sostienen. Excepto, claro, las de aquellos jóvenes que las entrelazan para sostenerse el uno a la otra; sin palabras, cuando una pareja camina así es porque ya todo está dicho.
También la luz puede romper el silencio. Así lo hacen estas dos luces rojas que parpadean a unos doscientos metros sobre el nivel de la carretera. La emoción se contiene, no el murmullo:
--Es un avión –dice un hombre-, escuchen los motores.
Los demás agitan los brazos, pero no gritan. Han aprendido que no deben gritar, que cerca puede estar un errante o, peor aún, un rebaño o, peor todavía, porque siempre puede haber algo peor: un poseído. Pueden distinguir que es una avioneta cuando pasa sobre ellos.
--Estamos cerca de Chilpancingo –dice un hombre- seguramente están evacuando a los sobrevivientes.
Todos saben que es mentira, pero prefieren creerlo. Caminan hasta el alba, hasta llegar a un caserío, y siguen creando historias y creyendo en cada una de ellas:
--Alguna buena persona ayuda, de poco en poco, a otras buenas personas.
--De cuatro o cinco por viaje suena a poco, pero es todo para quien se sube al avioncito.
Simulan que no han notado el rumbo de la avioneta: hacia el sur, contrario al que siguen ellos; no quieren recordar los dos meses que han tardado en ir de Acapulco a Chilpancingo. Una avioneta es, ahora, símbolo de esperanza, de fe ciega, el espíritu santo de los que no tienen dios. Luces mínimas y parpadeantes que los protegerán más que la gran luna. No es cierto, pero lo creen. Se engañan todos. Se engañan unos a otros y se engañan a sí mismos. Y creen que por el momento es suficiente, que deben buscar alimento en alguna de estas casas. Y lecho, que la noche ha sido larga, como la mentira que han fabricado y creído.
Amanece. Desde una ventana de vidrios rotos, alguien los observa.