21 - 12 - 2012

Los mayas anunciaron una nueva era para el hombre.

Nunca dijeron que sería de terror.



martes, 29 de mayo de 2012

1.2 El mundo del revés.

    Aquella mujer también es delgada. No por el hambre de cuatro meses, sino por las dietas y ejercicios de toda su vida. De toda su vida anterior a esta nueva vida, si acaso se le puede llamar vida a esto que es correr y esconderse. Hambre y desesperación. También es hermosa; de ojos medianos y grises, de nariz respingada y labios delgados; el cabello castaño y lacio le escurre hasta media espalda. También es de piel blanca, aunque la ha alimentado de sol, dándole un tono ligeramente bronceado.

    Aquella mujer también se llama Fernanda, aunque es mayor que la otra, la adolescente; le dobla la edad. No hay parentesco entre ellas, sólo una amistad de tres meses, tiempo en que han compartido no hambre, sino poca comida; no escondite, sino esperanza; no llanto, sino palabras de consuelo; no tropiezos o caídas, sino brazos, aparentemente frágiles, para apoyarse. Ahora las une un abrazo suave, y un beso que Fernanda, la mayor, da en la frente de Fernanda, la inquebrantable:

    --En un mundo alterno, los hombres cuidan a las mujeres.

    --En todos los mundos –reprocha la menor-, en este no porque no hay hombres.

    Tampoco hay comida.

    Caminan. La oscuridad acecha sin poder envolverlos, hay una gran luna en lo alto que comparte la luz que le fue compartida. Igual el silencio no logra acomodarse entre estas diez personas, que lo espantan con un sollozo o una maldición.

    Caminan. Tienen un rumbo y un destino., aunque parece que no llevan esperanza. Se nota en su andar lento, casi torpe como el errante que enfrentó la más joven; se nota en las miradas perdidas y en las manos que nada sostienen. Excepto, claro, las de aquellos jóvenes que las entrelazan para sostenerse el uno a la otra; sin palabras, cuando una pareja camina así es porque ya todo está dicho.

    También la luz puede romper el silencio. Así lo hacen estas dos luces rojas que parpadean a unos doscientos metros sobre el nivel de la carretera. La emoción se contiene, no el murmullo:

    --Es un avión –dice un hombre-, escuchen los motores.

    Los demás agitan los brazos, pero no gritan. Han aprendido que no deben gritar, que cerca puede estar un errante o, peor aún, un rebaño o, peor todavía, porque siempre puede haber algo peor: un poseído. Pueden distinguir que es una avioneta cuando pasa sobre ellos.

    --Estamos cerca de Chilpancingo –dice un hombre- seguramente están evacuando a los sobrevivientes.

    Todos saben que es mentira, pero prefieren creerlo. Caminan hasta el alba, hasta llegar a un caserío, y siguen creando historias y creyendo en cada una de ellas:

    --Alguna buena persona ayuda, de poco en poco, a otras buenas personas.

    --De cuatro o cinco por viaje suena a poco, pero es todo para quien se sube al avioncito.

    Simulan que no han notado el rumbo de la avioneta: hacia el sur, contrario al que siguen ellos; no quieren recordar los dos meses que han tardado en ir de Acapulco a Chilpancingo. Una avioneta es, ahora, símbolo de esperanza, de fe ciega, el espíritu santo de los que no tienen dios. Luces mínimas y parpadeantes que los protegerán más que la gran luna. No es cierto, pero lo creen. Se engañan todos. Se engañan unos a otros y se engañan a sí mismos. Y creen que por el momento es suficiente, que deben buscar alimento en alguna de estas casas. Y lecho, que la noche ha sido larga, como la mentira que han fabricado y creído.

    Amanece. Desde una ventana de vidrios rotos, alguien los observa.

    

lunes, 21 de mayo de 2012

1.1 No pasa nada


    Es la noche la que se derrama. El tazón de leche está impasible y redondo en lo alto; Luna Llena, le llaman. Sobre la carretera no hay vehículos, ni fuera de ella, sólo una construcción de piedra y teja: Fonda El buen camino. No hay ruido. Es la nada.
    Un gruñido de tripas asusta al silencio. Este se marcha como si aquellos pasos aletargados lo fueran a alcanzar. Es el hambre castigando a las tripas, que chillan y gruñen; una escapa por el tajo que tiene el abdomen (bofo, sanguinolento) y palpita para darle fuerza a los gruñidos. El hombre no se lamenta, tiene fija la mirada sobre la luna; embelesado, espera que una gota de leche escape del tazón. La tripa gruñe, el hombre la toma con una mano y la levanta: tal vez ella pueda llegar hasta allá arriba. Y sorber un poco.
    El silencio, que ya descansaba a cien metros de ahí, ahora busca otro rincón (pobre silencio, no le dan oportunidad de ser).
    La que habla es la más joven:
    --Es un errante –dice- y está enlunado.
    Los demás, seis hombres y tres mujeres, dudan: es un errante y está enlunado, es verdad, pero también hambriento. Más que ellos. Piensan que ayer, que la semana pasada, que hace un mes alguien tomó la última comida de aquella fonda. Piensan esto y aquello, hasta piensan que no hay fonda, piensan todo para evitarla.
    La joven, adolescente más bien, es la única que no se esconde:
    --No voy a esperar a que chillen así mis tripas.
    Avanza con pasos largos hacia el hombre que eleva su intestino. Su delgada figura contrasta con la gruesa rama que lleva en sus manos, y el resplandor de la luna la hace lucir aun más blanca; su cabello, negro y ondulado, se balancea sin ritmo. Se reproduce el firmamento en ella, cara-luna blanca rodeada de cabello-cielo oscuro.
    El errante detiene sus pasos lerdos, gira y encuentra la ternura de un medio rostro (la otra mitad está cubierta por el cabello). Ella y él se miran; hay incredulidad, sorpresa, en los ojos masculinos; hay una chispa miel en los de Fernanda. Porque ella, la adolescente de figura quebradiza, se llama Fernanda. Pero a él no le importa; piensa, si acaso puede pensar, que aquella carne, aunque poca, puede traer calma a sus magulladas tripas. Aprieta el intestino y se lanza contra la chica.
    Ahora es Fernanda quien contempla la luna. Tal vez nunca en sus dieciséis años la había visto como ahora, en este instante. Qué bueno que estás lejos, piensa, acá ya te habríamos devorado entre todos.
    Las tripas han callado, los gruñidos vienen de la boca del errante. Fernanda hace un último guiño a la luna y luego fija la mirada en el hombre que se acerca, que bufa, que le muestra los dientes rotos. Es la calma que espera a la furia. La quietud de una carretera sin vehículos. El marasmo de seis hombres escondidos. El callado reclamo de tres mujeres. Y todo esto se acaba cuando la rama se parte en el cráneo del errante, que ya en el piso ha soltado el intestino. Ya nada gruñe.
    La figura frágil (sólo la figura, ya quedó demostrado) gira hacia el origen de sus pasos largos, extiende los brazos y encoge los hombros:
    --¿Ven? –dice y sonríe- no pasa nada.
    El resto del grupo deja el escondite; una mujer camina hacia Fernanda, los demás corren hacia la fonda.
    Es la cuarta Gran Luna desde que inició El Terror.