21 - 12 - 2012

Los mayas anunciaron una nueva era para el hombre.

Nunca dijeron que sería de terror.



miércoles, 22 de agosto de 2012

1.1 No pasa nada

    Es la noche la que se derrama. El tazón de leche está impasible y redondo en lo alto; Luna Llena, le llaman. Sobre la carretera no hay vehículos, ni fuera de ella, sólo una construcción de piedra y teja: Fonda El buen camino. No hay ruido. Es la nada.

    Un gruñido de tripas asusta al silencio. Este se marcha como si aquellos pasos aletargados lo fueran a alcanzar. Es el hambre castigando a las tripas, que chillan y gruñen; una escapa por el tajo que tiene el abdomen (bofo, sanguinolento) y palpita para darle fuerza a los gruñidos. El hombre no se lamenta, tiene fija la mirada sobre la luna; embelesado, espera que una gota de leche escape del tazón. La tripa gruñe, el hombre la toma con una mano y la levanta: tal vez ella pueda llegar hasta allá arriba. Y sorber un poco.

    El silencio, que ya descansaba a cien metros de ahí, ahora busca otro rincón (pobre silencio, no le dan oportunidad de ser).

    La que habla es la más joven:

    --Es un errante –dice- y está enlunado.

    Los demás, seis hombres y tres mujeres, dudan: es un errante y está enlunado, es verdad, pero también hambriento. Más que ellos. Piensan que ayer, que la semana pasada, que hace un mes alguien tomó la última comida de aquella fonda. Piensan esto y aquello, hasta piensan que no hay fonda, piensan todo para evitarla.

    La joven, adolescente más bien, es la única que no se esconde:

    --No voy a esperar a que chillen así mis tripas.

    Avanza con pasos largos hacia el hombre que eleva su intestino. Su delgada figura contrasta con la gruesa rama que lleva en sus manos, y el resplandor de la luna la hace lucir aun más blanca; su cabello, negro y ondulado, se balancea sin ritmo. Se reproduce el firmamento en ella, cara-luna blanca rodeada de cabello-cielo oscuro.

    El errante detiene sus pasos lerdos, gira y encuentra la ternura de un medio rostro (la otra mitad está cubierta por el cabello). Ella y él se detienen, y se miran; hay incredulidad, sorpresa, en los ojos masculinos; hay una chispa miel en los de Fernanda. Porque ella, la adolescente de figura quebradiza, se llama Fernanda. Pero a él no le importa; piensa, si acaso puede pensar, que aquella carne, aunque poca, puede traer calma a sus magulladas tripas. Aprieta el intestino y se lanza contra la chica.

    Ahora es Fernanda quien contempla la luna. Tal vez nunca en sus dieciséis años la había visto como ahora, en este instante. Qué bueno que estás lejos, piensa, acá ya te habríamos devorado entre todos.

    Las tripas han callado, los gruñidos vienen de la boca del errante. Fernanda hace un último guiño a la luna y luego fija la mirada en el hombre que se acerca, que bufa, que le muestra los dientes rotos. Es la calma que espera a la furia. La quietud de una carretera sin vehículos. El marasmo de seis hombres escondidos. El callado reclamo de tres mujeres. Y todo esto se acaba cuando la rama se parte en el cráneo del errante, que ya en el piso ha soltado el intestino. Ya nada gruñe.

    La figura frágil (sólo la figura, ya quedó demostrado) gira hacia el origen de sus pasos largos, extiende los brazos y encoge los hombros:

    --¿Ven? –dice y sonríe- no pasa nada.

    El resto del grupo deja el escondite; una mujer camina hacia Fernanda, los demás corren hacia la fonda.

    Es la cuarta Gran Luna desde que inició El Terror.